Hay momentos en la historia que parecen
escritos con fuego. Momentos que no se borran, aunque pasen décadas, aunque
cambien las generaciones, aunque el país se reinvente una y otra vez. El asedio
del Alcázar de Toledo es uno de esos momentos. Un episodio que, más que un
hecho militar, es una herida abierta, un símbolo, un espejo en el que España se
vio rota, dividida, enfrentada consigo misma y tratando de sobrevivir a ella
misma.
Esta película, “MORIR EN TOLEDO”, nace del
deseo de acercarme a ese espejo sin miedo. De intentar comprender qué ocurre
cuando un país deja de ser un país y se convierte en un campo de batalla entre
hermanos enfrentados por diversidad de ideas e intereses. De explorar no solo
los hechos, sino las emociones, los silencios, las dudas, los gestos pequeños
que nunca aparecen en los libros de historia.
Un país que se rompe
La Guerra Civil Española no fue solo un
conflicto armado. Fue un terremoto emocional que sacudió cada casa, cada
familia, cada amistad. No hubo rincón que no sintiera su temblor. Y en medio de
ese caos, Toledo se convirtió en un símbolo: una ciudad antigua, cargada de
historia, que de pronto se vio envuelta en un asedio que duraría más de dos
meses, y que representaba a un país que se enfrentaba a sus propios demonios,
que se resistía a morir, y siempre buscaba sobrevivir aún en las más adversas condiciones.
El Alcázar, ese edificio imponente que había
visto pasar siglos de guerras, reyes y ejércitos, se convirtió en una fortaleza
sitiada. Dentro quedaron atrapados militares, guardias civiles, hombres y
mujeres que buscaron refugio en el primer momento, ancianos y niños. Fuera,
miles de milicianos y soldados que habían decidido ser fieles a la República,
intentaban derribar sus muros, convencidos de que su caída tendría un impacto
moral decisivo para poner fin al alzamiento de los militares inquietos por el
futuro de la patria y descontentos por lo que ocurría en la República.
La vida dentro del Alcázar
La película intenta mostrar lo que no siempre
se cuenta: la vida cotidiana dentro de un edificio que se derrumba. El polvo
que cae del techo con cada explosión. El silencio tenso que precede a un
bombardeo. El llanto de un niño que no entiende por qué ya no hay pan. La
mirada perdida de una madre que intenta mantener la calma. El soldado que
escribe una carta que quizá nunca llegará. El anciano que recuerda tiempos
mejores mientras escucha cómo las paredes tiemblan. La maestra que sigue dando
sus clases a los niños. El sacerdote que no deja de guiar a los fieles.
La guerra, cuando se vive desde dentro, no
tiene épica. Tiene miedo. Tiene hambre. Tiene incertidumbre. Tiene odio. Tiene
noches interminables y días que parecen repetirse sin esperanza.
La vida fuera del Alcázar
Pero también quise mostrar lo que ocurría
fuera. Porque la guerra civil no tiene un solo punto de vista. Los combatientes
que rodeaban el Alcázar también eran hijos de alguien, padres de alguien,
amigos de alguien. También tenían dudas, cansancio, rabia, convicciones,
contradicciones. También sufrían. También perdían.
La película no toma partido. No glorifica a
nadie. No demoniza a nadie. Porque la guerra civil no es una historia de buenos
y malos. Es una historia de dolor compartido, que también deseo que sea un
llamamiento a la razón, a la reconciliación, a la convivencia, a ser ese pueblo
hermano que todos deberíamos ser y que nos une una patria común.
La bandera rasgada
Hay una imagen que atraviesa toda la
película: la bandera española ondeando, rasgada, sobre las torres destruidas
del Alcázar.
No es un símbolo de victoria. No es un
símbolo de gloria. Es un símbolo de resistencia humana. De obstinación. De
supervivencia. De lo que queda en pie cuando todo lo demás se ha derrumbado,
aunque el final fuera la bandera de los vencedores, la bandera que tomó forma
como lo decidió el Rey de España Carlos III.
La Inteligencia Artificial como herramienta…
y como frontera
Crear esta película con Inteligencia
Artificial ha sido un viaje lleno de descubrimientos y frustraciones. La IA es
capaz de generar imágenes impresionantes, pero también está llena de límites
invisibles: errores, incoherencias, filtros, censuras internas que impiden
recrear ciertos momentos con fidelidad histórica. Esto lo veréis en la
película. También falló en la forma de presentar los uniformes militares, por
ejemplo.
Quise mostrar escenas duras, reales, crudas.
Pero la IA suavizaba lo que debía ser áspero. Embellecía lo que debía ser
trágico. Evitaba lo que consideraba “sensible”.
Y aun así, seguí adelante. Porque la historia
merecía ser contada, aunque fuera con imperfecciones. Porque la memoria no
necesita exactitud fotográfica, sino verdad emocional.
Una obra imperfecta, pero honesta
“MORIR EN TOLEDO” no es una superproducción.
No es un documental académico. No es una recreación exacta de los hechos.
Es una obra personal. Un acto de memoria. Un
intento de comprender. Un homenaje a quienes vivieron, sufrieron y murieron en
aquel episodio. Un recordatorio de que la historia no es un conjunto de fechas,
sino un conjunto de vidas.
Si esta película te hace pensar, sentir,
recordar o simplemente mirar nuestra historia con una mirada más humana,
entonces habrá cumplido su propósito.
Aclaro que yo y mi hijo Jordi interpretamos
en esta película los papeles de coronel José Moscardó, y capitán Emilio Vela.
Gracias por acompañarme en este viaje.
Gracias por mirar hacia atrás conmigo. Gracias por permitir que esta historia
siga viva.
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