Javier
(63 años), su hijo Jordi (26), la novia de este, Claudia (22), y Rebeca (39)
—amante secreta de Javier, aunque el resto del grupo no lo sabe— salen de
vacaciones a la Costa Brava a bordo de un Citroën C3 blanco del año 2016. Es un
viaje de amigos y familia como tantos otros: risas, bromas de Javier,
complicidad entre Jordi y Claudia, y las miradas cómplices que Rebeca y Javier
creen que nadie más ve.
En
plena carretera costera, una niebla anormalmente densa se cierne sobre ellos.
Cuando logran atravesarla, el coche se detiene en un mirador y descubren,
incrédulos, que la carretera desemboca en una ciudad turística deslumbrante:
rascacielos orgánicos, naves voladoras, hologramas por todas partes y un puerto
repleto de yates futuristas. Un cartel de bienvenida lo deja claro: han
llegado, sin saber cómo, a 'Costa Brava 2500', un pueblo turístico del año 2500
construido sobre el mismo litoral que conocían.
Durante
dos días y dos noches, los cuatro se convierten en turistas accidentales de un
futuro que no entienden pero que disfrutan a su manera: pelean con paneles
holográficos, prueban una gastronomía molecular imposible, pasean por la ciudad donde ven
robots y coches más prácticos de ventanales más grandes, prueban la gastronomía
del lugar, bailan en discotecas de luz láser, aprovechan la piscina del hotel
para bañarse, se
pierden entre carteles direccionales flotantes, y hasta los confunden con
actores de una reconstrucción histórica del siglo XXI, lo que Javier aprovecha
para regodearse ante el público. Entre selfies, cócteles luminosos y compras
absurdas, Jordi empieza a sospechar que hay algo raro entre su padre y Rebeca,
aunque el tono general del viaje sigue siendo el de una comedia desenfadada.
El
punto álgido llega cuando su viejo Citroën C3 —tecnología 'primitiva' para los
habitantes del año 2500— es descubierto en la calle y termina convertido en
pieza de museo sobre un pedestal, rodeado de una multitud que lo fotografía
como si fuera una reliquia. Javier, encantado con la atención, se sube al capó
como un héroe. La fiesta se corta en seco cuando un dron de seguridad detecta
'una anomalía' y activa un campo de fuerza alrededor del coche, temiendo que
sea una amenaza. Tras un instante de pánico en el que la familia protege su
vehículo con uñas y dientes, todo se resuelve: ha sido un malentendido y la
ciudad, lejos de castigarlos, los celebra como héroes accidentales con un acto
de 'misión cumplida'.
Con el
corazón todavía acelerado, deciden que es hora de volver. Emprenden el camino
de regreso hacia el mismo punto donde apareció la niebla, mientras la ciudad
del año 2500 les despide con pancartas de drones que rezan '¡Buen viaje!
Siempre seréis bienvenidos'. La niebla vuelve a envolverlos, el GPS enloquece
de nuevo, y cuando por fin se disipa, se encuentran de vuelta en la Costa Brava
real de 2016, con el sol de la mañana y sus vidas normales esperándolos.
Todo
parece haber terminado... hasta que, ya en su calle, Jordi encuentra un pequeño
objeto metálico con un núcleo de luz azul escondido en el coche, algo que
definitivamente no estaba ahí antes de partir. En una escena post-créditos,
Javier y Jordi cruzan sin querer una nueva barrera holográfica de control de
acceso —esta vez con el Coliseo de una Roma reconstruida al otro lado— dejando
claro que su próxima 'excursión' ya está en marcha.