Dos niños juegan en paz a miles de kilómetros de distancia ( la absurda censura impide ver bien a los niños ): uno mueve soldaditos de plomo en un salón burgués de Berlín, el otro dibuja un sol amarillo en el suelo de una isba rusa. Años después, la guerra los convierte en enemigos. Uno es ahora general del Eje, al mando del avance hacia Stalingrado. El otro es teniente del Ejército Rojo, defendiendo la ciudad casa por casa entre la nieve y los escombros.
A lo largo de los meses más duros del asedio, ambos viven el mismo infierno desde lados opuestos: el avance imparable que se convierte en trampa, el hambre, el frío, los pequeños gestos de humanidad en medio del caos (una foto de un hijo, un cigarrillo compartido, un soldado consolado por su oficial). Stalingrado arde, el Volga refleja el fuego, y la ciudad que parecía conquistada empieza a tragarse a su conquistador.
El punto de no retorno llega en un bosque nevado, cuando el general y el teniente se encuentran por fin cara a cara. El duelo de pistolas que todos esperan no termina con un disparo, sino con una frase que lo cambia todo. Lo que sigue es la larga columna de prisioneros marchando bajo la nieve, y el eco de una idea que atraviesa toda la película: esta no es solo una historia de guerra, es una historia de hombres. Los dos, incapaces de rendirse, continúan la guerra por su lado. Al final, el veterano general del Tercer Reich se da cuenta que ya sin armas ni municiones, con el invierno ruso encima, lejos de la patria, y rodeados por el enemigo solo les espera la muerte.